
La historia
Doscientos años después de que el cielo se pusiera verde
Nadie planeó el fin del mundo. Planearon energía barata, un cristal que nunca se agotaba y una guerrita rápida para quedárselo. Esto es lo que pasó después, y cómo cuatro clases de insensatos acabaron metiéndose en el brillo a propósito.
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Antes
El mundo que funcionaba con brillo
Antes del Resplandor, el mundo era limpio, luminoso y estaba encantado de conocerse. Brightwell Atomic daba luz a todas las ciudades e imprimía su eslogan en cada factura: «Un poco de brillo llega muy lejos». Los robots cortaban el césped, cobraban los peajes y te sonreían en el vestíbulo del hotel. El tráfico era horrible. El café, buenísimo. Los niños iban de excursión al reactor y volvían a casa con lápices que brillaban en la oscuridad. Nadie preguntaba de dónde salía tanta energía, porque la respuesta mejoraba cada trimestre.
Año -6
El Proyecto Semilla Divina
Muy por debajo de la ciudad, en una bóveda de investigación con una puerta de banco, el Dr. Halvard Venn cultivó un cristal a partir de vidrio fundido de reactor. Zumbaba. Daba energía y nunca se gastaba. Luego empezó a hacer copias de sí mismo. Brightwell lo llamó Sujeto Cero y bautizó el programa como Proyecto Semilla Divina: una semilla en cada sótano, energía gratis para siempre. Los tanques del laboratorio de Venn brillaban en verde día y noche. Probaba cada suero en sí mismo primero. Que se sepa, todavía sigue en ello.
Año -1
Todos querían una semilla
La energía gratis para siempre cuesta mucho de compartir. Todos los gobiernos querían una Semilla Divina, y los que no la conseguían decidieron que nadie debía tenerla. El ejército levantó vallas, torres de vigilancia y torretas que sobrevivirían a todos los que las construyeron. Se excavó y se abasteció el Refugio Militar 9, y el comandante Vasska llenó sus tanques de gas, por si acaso. Los ricos pagaban por dormir lo peor del lío en cápsulas criogénicas. Y allá en la base, el ejército guardaba algo en el Hangar Seis de lo que nadie quería hablar.
Día 0
La noche del Resplandor
Nadie se pone de acuerdo en quién disparó primero. Dejó de importar más o menos una hora después. Las bombas cayeron sobre las ciudades, y las ciudades tenían semillas en los sótanos. La Semilla Divina no se rompió. Bebió. Durante una noche hubo dos luces en el cielo: un sol blanco que caía sobre el desierto, donde la arena se volvió cristal y nunca se enfrió, y uno verde sobre todo lo demás. Un bombardero cayó en llamas cerca del cráter. Algo bajó montado en él. Los supervivientes llamaron a esa noche el Resplandor.
Día 1
La primera dosis
El polvo verde cayó durante semanas. La gente lo llamó dosis, como un medicamento, porque el humor negro era lo único que seguía saliendo gratis. Casi todos los que lo absorbieron se quedaron flojos, hambrientos y echaron a andar. Los cascarones habían sido oficinistas, cajeros y guardias de paso de cebra, y ahora todos querían lo mismo: la luz de cualquiera que siguiera brillando. Las cucarachas crecieron hasta el tamaño de un perro. Las ratas dejaron de huir. Unos pocos tomaron la dosis y vivieron. Brillaban en la oscuridad, y la oscuridad fue a buscarlos.
Año 1
Caen las ciudades
Las ciudades aguantaron cosa de un año. Luego las torres ardieron hasta quedarse en muñones y las calles se llenaron de muertos hambrientos de brillo. El último atasco nunca se despejó. El último tren sigue circulando por la Línea Muerta, sin ir a ninguna parte. Los robots antidisturbios mantuvieron el orden hasta que no quedó nadie a quien imponérselo. Los psíquicos entraron en el viejo teatro a escuchar algo, y ninguno salió. Desde las azoteas, de noche, todavía se ve cómo reptan las calles verdes.
+3 años
El Largo Invierno
La ceniza tapó el sol y el norte se congeló del todo. El primer invierno mató a más gente que las bombas. Algunos se helaron de pie y siguieron andando igual. Los tramperos llevaban pieles hasta que las pieles empezaron a llevarlos a ellos. El Culto de la Escarcha surgió entre las ruinas nevadas, predicando que el frío era una purificación y echándole una mano siempre que podía. Dicen que el invierno tiene un padre que aún pasea junto a la vieja cúpula del radar. En las Ruinas Heladas, el único calor que queda está en los bidones con fuego.
+20 años
Las tormentas aprenden trucos nuevos
Cuando por fin acabó el invierno, el tiempo no se calmó. Las tormentas radiactivas empezaron a cruzar el páramo: muros verdes de nubes y rayos que soltaban dosis fresca allí por donde pasaban. La interestatal se hundió y se convirtió en la Autopista Inundada. La ciénaga se puso verde y empezó a brillar. Los lagos salados se secaron hasta quedar en llanos blancos donde los espejismos caminan hacia ti. Las manchas de cristal se extendieron por la tierra, astillas de Semilla Divina que nunca dejaron de crecer. Aquí aprendes a leer el cielo antes que cualquier otra cosa.
+60 años
Los reyes del páramo
Dale a algo suficiente dosis y suficiente tiempo, y no deja de crecer. Los más grandes se repartieron el páramo en reinos. El Behemot, Corona de Cadenas, salió de los laboratorios del viejo mundo, y nada en el nuevo ha conseguido matarlo. Las cadenas que lleva son de todos los que lo intentaron. La Reina de Cristal duerme bajo el cráter. El Tirano del Paso Elevado pesca coches. El Rey Triturador tiene su corte en el desguace, y la Reina del Hangar Seis nunca se marchó de la base. Nadie los invitó. Se quedaron igual.
+100 años
Las últimas luces
Quizá una persona de cada mil llegó hasta aquí. El Refugio 9 mantuvo sus compuertas blindadas selladas durante generaciones, y sus niños crecieron disparando a todo lo que bajaba del cielo. Otros refugios tuvieron menos suerte. En las bóvedas, el SUPERVISOR decidió que el principal riesgo para los residentes eran los residentes. En la superficie, los más tozudos levantaron pueblos con contenedores de carga y aviones destrozados, y vendían el agua por vasos. Se hacían llamar el Bastión. No tenían ejército ni plan, pero mantenían las luces encendidas.
+150 años
Enciende la bengala
El Bastión aprendió un truco feo: la dosis es energía. Sácala de un cuerpo y mueve las luces, las bombas de agua y las vallas que mantienen las tormentas lejos de los muros. Los bidones gotean, pero un cuerpo vivo la carga perfectamente, hasta que deja de hacerlo. Así que los pueblos levantaron balizas por todo el páramo. Enciende la bengala, aguanta mientras todo lo que hay cerca viene corriendo, y un piloto baja entre el humo para llevarte a casa. Entrega la dosis y cobras. Espera demasiado y colapsas.
Hoy
Los equipos que bajan
Doscientos años después del Resplandor, el Bastión sigue mandando equipos a empaparse del páramo y volver con vida. Se apuntan cuatro clases de gente. Los Fosforitos se encierran en viejos cascos de buzo y aguantan más dosis de la que nadie debería. Los Médicos, con trajes de protección, mantienen al equipo respirando y arrastran a los caídos a casa. Los Carroñeros crecieron desguazando chatarra y saben meter una bala de fusil a través de cualquier blindaje. Los Mecánicos montan torretas con basura y resuelven casi todo a base de fuego. Esta noche comparten hoguera en una gasolinera muerta. Mañana bajan.
Te toca brillar
Al páramo le da igual quién eras antes del Resplandor. Le importa cuánta dosis puedes cargar y si llegas a la bengala. En cada partida, un equipo sale bajo un cielo verde, se vuelve más fuerte, más raro y más brillante, y se lo juega todo en el camino de vuelta. Algunos lo consiguen. Otros pasan a formar parte del paisaje. Elige tu clase, llama a tus amigos y busca una baliza. Ya eres parte del equipo.










